RUBÉN POZO (Madrid en Vivo · 25 Años): «En garitos como Moby Dick es donde el rock and roll suena bien»

Una voz inconfundible, una guitarra personalísima, y una forma de escribir canciones muy reconocible. El próximo jueves 23 de julio, Rubén Pozo y Los Chicos de la Curva se subirán al escenario de Moby Dick para ofrecer un concierto único y especial dentro del ciclo MADRID EN VIVO · 25 AÑOS.

Estamos ansiosos por que llegue el jueves 23 de julio para disfrutar en la sala Moby Dick de este concierto especial por los 25 años de Madrid en Vivo. Es una sala con la que, además, has tenido un vínculo especial. ¿Qué sensaciones te despierta volver a su escenario y qué nos puedes adelantar sobre este directo?

Moby Dick lo considero mi casa. He tocado muchísimo ahí con todas mis formaciones, pasadas y actuales. Además, tengo la tradición de celebrar siempre mi cumpleaños tocando allí, y este año, coincidiendo con mi disco 50 Town, voy a celebrar mis «51 Town». Aunque mi cumpleaños es el 21 de julio, como caía en martes, decidimos pasarlo al jueves 23. Ahí estaremos Los Chicos de la Curva y yo dando, básicamente, un conciertazo.

Has estado presentando 50 Town estos meses en una gira muy provechosa. Ya es tu sexto disco, si contamos aquel genial Mesa para dos que sacaste con Lichis. ¿Qué consideras que te ha aportado 50 Town como artista y en lo personal? ¿Qué enseñanza extraes de este recorrido de casi 15 años con tu proyecto en solitario?

Lo primero que he sacado con 50 Town es darme cuenta de algo. Un día, con 48 años, caí en la cuenta de que me quedaban un par de años para cumplir 50. Por primera vez sentí fuertemente el paso del tiempo. Tuve una crisis de edad de pensar: «¡Ostras, 50 años! Qué rápido ha ido todo». La palabra «cincuentón» me sonaba fatal. Ahí me inventé esto de 50 Town. Me dije a mí mismo: «Bueno, voy a llegar a 50 Town, a la ciudad de los cincuentones». Me hizo gracia, compuse una canción sobre ello y me pareció un tema muy reconciliado con el pasado, muy amable con el presente y con muy buena onda mirando al futuro. Me gustó tanto que me quitó la crisis y me autorregalé un disco con ese mismo título. A lo largo de mi vida no me he tratado especialmente bien, y al llegar a los 50 decidí que eso se había acabado: iba a empezar a tratarme bien regalándome un disco a mí mismo.

¿Cómo ha sido llegar a 50 Town?

Bueno, ha sido un viaje largo y corto a la vez. Se me ha pasado volando nacer y llegar al «quinto piso», como dicen, pero con mucha alegría. Siempre he trabajado con la mejor gente y encima ha coincidido que han sido mis mejores amigos. Sigo trabajando con gente que son los mejores y las mejores, y somos amigos. Así que, no sé, que siga así otros 50 años más.

Es lo que siempre se dice: la música es la mejor terapia. Esa crisis la has afrontado creando tus propias canciones para que, al final, dejara de ser una crisis.

Así es, hacer una canción es muy liberador. Lo que más me gusta de mi oficio es que mi obra realmente no existe en el mundo físico: no se toca, no se ve, no huele; va por el aire. Cuando termina, ya deja de existir. En otras profesiones, un carpintero hace una mesa y la puedes ver y tocar. Lo mío es una cosa etérea. Pensar en todo ello es un poco galimatías, pero me encanta.

Como músico, te fraguaste en las salas con bandas como Buenas Noches Rose y Pereza, y sigues girando por ellas en solitario. ¿Crees que siguen siendo necesarias para construir y mantener una escena musical?

Sin duda. Yo creo que el estilo del que estamos hablando, rock, pop, canción popular, nació en los garitos. The Cavern, el lugar donde empezaron los Beatles, era un sitio mal iluminado y mal ventilado en el que apenas cabían 60 personas. Esta música nace en esos lugares. Luego todo se ha magnificado. Se ha creado una industria fuerte a través de los medios de comunicación y hay bandas que han crecido increíblemente hasta llegar a llenar estadios. Me parece maravilloso y muy lucrativo, pero un estadio no suena como una sala. Juntar a 60.000 personas ya es un evento en sí mismo; sale la banda y es muy bonito, pero en un garito hay una cercanía, una acústica y una forma de apreciar la música que es la que a mí más me gusta. Y no lo digo por criticar a los estadios; de hecho, he tocado en ellos y hablo con conocimiento de causa, pero en garitos como Moby Dick es donde el rock and roll suena bien.

Te escuchaba decir en una entrevista que hubo un momento en tu carrera en el que tuviste que recordarte a ti mismo que eres de letras y no de números; de escribir canciones y no de echar cuentas. ¿Crees que en el mundo de la música se está volviendo un poco loco con el valor de las cifras y los seguidores, dejando lo artístico en un segundo plano?

Es evidente, y yo soy el primero en entonar el mea culpa. Hubo un tiempo en el que empecé a mirar números y, da igual lo altos que sean, nunca parecen suficientes porque siempre hay alguien al lado que tiene más. Un día paré y dije: «Creo que he confundido el camino». La música no es esto; las canciones son letras, básicamente. Si a alguien le gusta mucho una canción y la escucha veinte veces seguidas, para esa persona el valor emocional es inmenso. Sin embargo, para la plataforma es solo un número 20 (o 2 millones, según se mire). El número no te dice cuánto le gusta una canción a una persona. Entiendo que esto es una industria, que es un trabajo y que los números tienen que acompañar, pero es verdad que pueden llegar a enturbiar mucho la música.

¿Cuál es la banda sonora de la vida de Rubén Pozo?

Un disco de Django Reinhardt, directamente. Ese soniquete marida bien con cualquier cosa que esté haciendo en casa. La comida, feliz con amigos, discutiendo, triste, alegre… Django Reinhardt es lo que más me gusta para perfumar musicalmente el aire de una habitación. Y últimamente estoy escuchando mucho a Santero y los Muchachos.

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