El próximo jueves 12 de marzo vuelves a Moby Dick con banda completa. ¿Qué has preparado para este esperado reencuentro con el público?
Este concierto tiene algo de ritual. Es un punto y aparte: una despedida y una bienvenida en el mismo escenario. Desde aquellos cuatro pases en el Café Central el verano pasado no hemos vuelto a tocar en Madrid con toda la banda, y esa espera ha ido cargando el reencuentro de electricidad. Presentaremos muchas canciones del nuevo disco, que está a punto de ver la luz y que marca un giro en mi sonido y en mi manera de contar, pero también haremos un recorrido por las canciones que han ido construyendo nuestra historia. Me gusta pensar que será un puente vivo entre la Bambikina que ha sido y la que empieza a desplegar las alas ahora.
Este concierto forma parte de la programación del ciclo Mujeres en Vivo 2026 de Madrid en Vivo, en colaboración con la Dirección General de Igualdad de la Comunidad de Madrid. ¿Qué significa para ti participar en una iniciativa diseñada específicamente para poner el foco y celebrar la creación artística femenina en las salas de conciertos?
Para mí es importante que existan espacios que pongan en valor lo que siempre ha estado ahí. Las mujeres llevamos décadas escribiendo, produciendo y girando, pero no siempre con la misma presencia en los carteles o en los espacios de decisión. Que haya un ciclo que lo sitúe en primer plano es también una forma de reconocer ese camino recorrido y seguir abriendo espacio a nuevas voces. Además, que ocurra en salas me parece clave. Las salas son el lugar donde la música se construye de verdad, donde el público y el artista están a la misma altura. Celebrar la creación femenina ahí me parece muy auténtico.
Desde tus inicios, apostaste sin complejos por el folk, el rock americano y el tex-mex cantado en español. En una industria actual a menudo dominada por los sonidos urbanos, ¿sigue siendo un acto de rebeldía defender este estilo tan orgánico y de raíz?
Nunca he sentido que estuviera defendiendo un estilo concreto, sino una forma de ser. Es verdad que hay influencias reconocibles en mi música, pero Bambikina nunca ha querido responder a una etiqueta. Es más bien un universo con un sello propio, y eso hoy es casi lo más difícil de sostener. No puedo ser otra cosa que no sea yo misma. No sé escribir desde un lugar que no me pertenezca. Para bien y para mal, no puedo escapar de mi manera de mirar, de contar o de cantar. Si eso a veces queda fuera de las tendencias o no encaja en una categoría clara, lo asumo. Quizá ese sea el mayor acto de rebeldía, mantenerse fiel a una misma.
Sabemos que has pasado los últimos meses inmersa en el estudio dando forma a lo que ya se anticipa como una «nueva etapa sonora, más abierta y luminosa». ¿Qué te ha impulsado, tanto vital como artísticamente, hacia esta nueva luz?
Creo que tiene que ver con un momento vital muy concreto. Han sido meses de mucho trabajo, pero también de tomar decisiones importantes y aprender a escucharme más. Cuando cambian ciertas cosas dentro, inevitablemente cambia la manera de contarlo hacia fuera. Artísticamente también he sentido la necesidad de abrir espacio, de no tener tanto miedo a probar o a salir de lugares conocidos. Hay más aire en las canciones, más juego y quizá también más calma. No ha sido una búsqueda consciente de la luz, sino más bien una consecuencia natural de todo lo aprendido.
En los últimos años has trabajado en bandas sonoras como la de la película La Mesita del Comedor. ¿Cómo ha influido esa inmersión total en la composición cinematográfica a la hora de producir las canciones de tu próximo álbum de estudio?
Componer para cine te cambia la escucha. En La Mesita del Comedor aprendí que la música no siempre tiene que ocupar el centro; a veces su fuerza está en sostener una emoción sin subrayarla demasiado. Trabajar al servicio de una historia te obliga a pensar en atmósferas, en tensiones, en silencios. Eso ha influido mucho en el nuevo disco. Hay más conciencia del espacio, de las dinámicas y del recorrido emocional de cada canción. Me interesa que cada tema tenga su propia escena, su propio clima. El cine me ha enseñado a ser más precisa y a confiar en que una nota bien colocada puede decir más que un arreglo grandilocuente.
En Moby Dick convivirán tus canciones imprescindibles con temas totalmente inéditos de una nueva etapa sonora. ¿Qué nos puedes adelantar sobre este giro en el sonido de Bambikina tras tus últimos meses en el estudio y cómo se reflejará en el directo?
Puedo adelantar que el disco se llamará Bestiario. Y el título no es casual. Cada canción es un animal distinto dentro de ese universo: algunos más salvajes, otros más frágiles, otros más oscuros o luminosos. Tienen personalidades muy diferentes, pero comparten algo esencial: nacen del mismo impulso de querer emocionar. En el directo las canciones encuentran otro lugar. La banda tiene margen para crecer dentro de cada tema, para hacerlo respirar de otra manera y llevarlo un poco más lejos de lo que ocurre en el estudio. No buscamos reproducir exactamente el disco, sino que pase algo real entre nosotros y con el público.
Echando la vista atrás y observando el amplio cartel de Mujeres en Vivo 2026, ¿cómo valoras la evolución de la presencia y el peso de las mujeres en la escena que empezaste hasta el día de hoy?
El cambio es evidente y, por suerte, cada vez hay más maneras distintas de ser artista sobre un escenario. Durante mucho tiempo parecía que el espacio reservado para las mujeres era muy concreto, casi siempre ligado a una imagen determinada o a la figura de la solista. Ahora hay proyectos muy diversos, voces muy distintas y eso enriquece muchísimo la escena. Aun así, sigo echando en falta algo: más mujeres ocupando otros lugares dentro de las bandas. Más bajistas, más bateristas, más guitarristas, más técnicas también. Me gustaría ver escenarios donde eso deje de llamar la atención porque simplemente sea lo normal.
Moby Dick es una de las salas con más solera del circuito madrileño. ¿Qué tiene de especial para ti el ambiente cercano de sala frente a los escenarios masivos?
Moby Dick es un poco nuestra casa. Hemos tocado allí varias veces y siempre ha sido un escenario muy especial para nosotros. Recuerdo especialmente el primer concierto después de la Covid: el público aún con mascarilla, esa mezcla de distancia y necesidad enorme de volver a compartir música en directo. Fue muy emocionante. Las salas tienen algo que no se puede replicar en escenarios masivos. Ves las caras, sientes el silencio, percibes cómo respira la gente. Todo es más inmediato y más frágil, y precisamente por eso más intenso. En una sala no hay lugar donde esconderse: si la canción funciona, se nota; y si no, también. Y eso me encanta.
¿Qué otros conciertos de Mujeres en Vivo 2026 recomendarías al público?
La verdad es que siempre intento acercarme a estos ciclos con curiosidad, casi como público antes que como artista. Muchas veces los mejores descubrimientos llegan precisamente de entrar a una sala sin conocer demasiado a quién vas a ver. Creo que ese es también el espíritu de Mujeres en Vivo: dejarse sorprender y apoyar el talento que está creciendo muy cerca. Así que mi recomendación sería esa: mirar el cartel con calma, elegir algo que quizá no escucharías habitualmente y dejar que la música haga el resto.
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